Nicolás Maduro Guerra cuenta que un mes y dos días después del 3 de enero le entró una llamada, era la primera vez que escuchaba la voz de su padre tras la captura por parte de Estados Unidos.
El diputado recuerda que se quedó mudo. Se levantó de su asiento, caminó hacia atrás y subió las escaleras que hay detrás del hemiciclo. Y allí, lejos de las cámaras, lloró “un poquito”, cuenta a El País.
Desde aquel día, Maduro Guerra graba las llamadas que recibe desde la cárcel en Estados Unidos.
Maduro está encerrado en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, la única prisión federal en la ciudad de Nueva York, cuenta con 510 minutos al mes para sus conversaciones con el exterior.
El pago de su defensa, que cuesta millones de dólares, ha sido uno de los litigios de sus abogados, entre los que destaca el penalista estadounidense Barry Pollack, que defendió a Julian Assange. Los letrados han logrado que Estados Unidos levante el bloqueo para que Venezuela pague la defensa de la pareja presidencial en lugar de tener que dejar sus casos en manos de un abogado de oficio.
“Mi papá no tiene dinero, no tiene cuentas, no tiene testaferros, no tiene nada”, asegura el hijo a pesar de las acusaciones de corrupción contra su padre. “Sería absurdo decir que vivía mal, pero la única propiedad que mi papá tiene es el apartamento que compró cuando era diputado con Cilia en El Paraíso. Y ese siempre fue el sueño de ellos: volver a ese apartamento”, defiende.
Los primeros meses de Maduro en la cárcel han sido en una celda de aislamiento, sobre una cama estrecha. Café, comida demasiado picante, un escritorio. El Gobierno de Delcy Rodríguez ha negociado con Estados Unidos una mejora de las condiciones y, según cuenta su hijo, en Semana Santa pasó a relacionarse con otros presos con los que ve la televisión.
Maduro ha estado leyendo la Biblia de forma obsesiva. Todos los días. “Se la aprendió. Nos dice unos versículos locos”, dice entre risas. “Mi papá nunca había sido así, pero ahora, en las llamadas, a veces empieza por ahí: ‘Tú tienes que escuchar Mateo 6:33. Y Corintios 3. Y el Salmo 108”, cuenta.
El diputado apunta los salmos que le recita Maduro en un cuaderno. No es casual que los dos escritos que su padre ha publicado desde la cárcel —uno tras la primera audiencia, el pasado 26 de marzo, y otro el Domingo de Ramos— se sostengan casi enteramente sobre versículos.
Cuando se le pregunta por qué la apertura económica y política no se hizo antes si era —como él dice— el plan de su padre más allá de Donald Trump, responde que las liberaciones empezaron en diciembre. Cuando se le replica que en diciembre Estados Unidos ya estaba desplegado en el Caribe, admite: “Sí. Se cometieron errores de todos lados”.
Hay una pregunta que Maduro Guerra dice que su padre debe estar haciéndose en estos meses, y que él también se hace: “¿Qué hice o no hice que pudo haber evitado el 3 de enero?”. La respuesta, afirma, no es una sola. “El 3 de enero fue una suma. De agresión, de sanciones, de errores. De intereses. De todo”.
Hoy, Maduro Guerra preside la Comisión de Política Interior, que supervisa garantías constitucionales y el sistema penitenciario. “Hemos visto excesos, por decirlo bonito”. Asume los errores del chavismo como propios, pero también marca distancias: “Yo soy miembro del partido, mi papá era el presidente, pero yo soy joven, yo no decidía”.
El exmandatario le pregunta a su hijo por la familia, a veces, por la Asamblea, por la comida, por el fútbol… El pasado 14 de abril el Barça quedó eliminado de la Champions y fue lo primero que le dijo. Estaba enfadado. “Coño, esa fue una cagada”, se lamentó.
Maduro, asegura su hijo, está bien y fuerte a pesar del encierro. “Es que él está consagrado al país y a la política. Y yo creo que él estaba preparado para esto. Yo sé que él siente que su victoria es que sigue vivo. Es, además, una persona muy espiritual”.
El destino de Nicolás Maduro es incierto. Enfrenta cargos por cuatro delitos de narcoterrorismo y posesión de armas. Pero su hijo y su entorno lo tratan como un rehén. “Tenemos fe en que pueda volver”, dice Maduro Guerra. Pero no en los tribunales. “El juez parece un buen hombre, vamos a dar la batalla jurídica, pero esto [su regreso] es parte de un acuerdo político”, dice.
“La respuesta automática es bien. Hay que tener paciencia, estoy saliendo del shock y uno va asimilando la situación”. En la segunda intentona se abrió algún centímetro más: “Guardo mis emociones, trato de estar sereno, pensando en cuál debe ser mi papel para ayudar al país. Ahora soy el pilar de mi familia, de mis tías que están mayores, de mis hijas. Y, también de mi papá”.
La periodista le dice que él debe ser su mayor apoyo y responde: «No sé, la verdad es que no lo había visto así».
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