Cuando fui a Cuba

Opinión | noviembre 26, 2020 | 6:24 am.

Tenía 19 años cuando fui como estudiante universitario de LUZ (Universidad del Zulia) a un Congreso de Historia en La Habana en el año 1986, en el mes de diciembre. Era un cabeza caliente inmaduro y soñador. Mis padres nada me reprocharon, muy sabiamente. Yo tenía que ver con mis ojos al «paraíso social en la tierra». Y sobre todo al «Hombre Nuevo».

Primeras impresiones: en el bus que nos trasladó hasta el hotel a alguien se le ocurrió espontáneamente cantar la canción «Guantanamera», que es una especie de himno nacional cubano popular, inspirado en las primeras estrofas de los Versos sencillos del poeta cubano José Martí. El guía, porque siempre había un guía, mandó a detener el bus y nos dijo que estaba prohibida esa canción. Era reaccionaria. En su momento esto no lo entendí. Supuse que para el guía, adoctrinado en los más férreos preceptos de la ortodoxia fidelista, el sólo hecho de que Celia Cruz, la “gusana” más célebre del momento en el exilio, la cantara en sus conciertos, era el motivo para prohibirnos la canción.

Antes, esto es muy importante, y se me había pasado. Cuando el avión tocó suelo cubano mis compañeros de viaje, todos universitarios y dirigentes, aplaudieron a rabiar. Ese entusiasmo me llamó la atención. Ya hoy no: porque era el entusiasmo del fanático ideologizado.

Antes de viajar me había documentado sobre Cuba y sus grandes logros sociales. Y me llamó la atención lo de la erradicación de la prostitución. Lo cierto del caso es que, en la entrada al hotel, una corte de jineteras fue quienes nos recibieron alborozadas por nuestro arribo. Visité las librerías y no había librerías. Sólo encontré libros con la propaganda marxista, estalinista, maoísta y castrista más ortodoxa y estéril. El Congreso fue penoso. Sin debates plurales: sólo el discurso unidimensional de la liberación aunque vacío de contenido. Esos congresos estudiantiles ya estaban alienados dentro de una política turística estadal y como propaganda del régimen a ilusos como yo y mis compañeros de viaje.

Igual pude constatar que la formación dentro de nuestra Venezuela subdesarrollada, capitalista y bajo los “malos gobiernos” de AD y COPEI era muy superior a la de nuestros “camaradas” cubanos obligados a seguir los preceptos de una ortodoxia marxista-leninista indigerible. Nosotros, con todo y el sarampión de izquierda, teníamos acceso a las novedades de la historiografía francesa con su portentosa Escuela Histórica de los Anales; a los mejores historiadores clásicos alemanes, ingleses y estadounidenses que habían renovado la historiografía mundial desde el siglo XIX. En Venezuela había mal que bien una Democracia con sus muchas imperfecciones pero la había. En cambio en Cuba el socialismo que se nos vendió como algo loable y noble no era otra cosa que la más férrea Dictadura del Proletariado encarnado por los barbudos que derrocaron a Batista en el año 1959. De revolucionarios se convirtieron en opresores. Sólo que la propaganda e ideología nos negaba a reconocerlo.

Visitamos las «playas liberadas» de Varadero que sólo están liberadas para los turistas. El pueblo cubano no tiene acceso a esas hermosas playas. Me gustó mucho el Copelia, unos excelentes helados y el maravilloso Tropicana con sus despampanantes mulatas en trajes de luces exhibiendo rutinas de bailes al mejor estilo de Hollywood. El malecón es imponente también y la marca de toda la isla asentada en el medio del furioso Mar Caribe. Lo demás: ruinas.

El cubano con fama de alegre es en realidad un pueblo triste. Porque le han obligado a vivir con la cabeza agachada todo el tiempo. En Cuba existe el estado policial perfecto: todo el mundo está vigilado. Nosotros no lo sabíamos pero también nos vigilaban. El mercado negro es floreciente. Todos los días y en secreto nos llegaban cubanos de a pie para cambiarnos nuestros muy apreciados dólares por unos pesos cubanos que no valían nada como sucede hoy con nuestros bolívares. No hay tiendas, no hay comercios, no hay restaurantes.

La propaganda fidelista es omnipresente en Cuba. Y la gente tiene miedo a plantear sus necesidades y problemas sociales que eran y son acuciantes. Viven a un nivel primario de sobrevivencia y la escuela no es escuela sino una fábrica para producir zombis mentales. Adoctrinados y estafados. Así transcurre la vida del cubano de a pie con la Revolución. El señor que en el hotel apretaba los botones del ascensor, ese era su trabajo revolucionario, nos rogó que le diéramos las hojillas de afeitar de deshecho, que no las botáramos.

El cubano ve en los turistas una oportunidad. De confraternizar y de conseguir algún beneficio benigno. Una comida; una fiesta. Otros más osados venden su cuerpo desde la desesperación más grande. Otras mujeres cubanas piden el casamiento con el extranjero que las visita para liberarse de la prisión. A los cubanos no les dejan entrar en los hoteles. Los hoteles son para los turistas extranjeros. Una chica, universitaria, logró entrar con nosotros a solicitud nuestra, y lo primero que hizo al entrar a la habitación fue lanzarse a la ducha con ropa incluida.

Cuando regresé del «Paraíso» cubano aún me creí que de verdad los cubanos con su victimismo característico, me refiero a los jerarcas, iban por el buen camino de la Historia. Mi ideología, como falsa conciencia, era más fuerte que los sentidos y su meridiana claridad.

En el año 1991 hice otra peregrinación a Cuba. Lo que presencié fue algo peor que en el año 1986. La URSS se había desintegrado y Cuba y sus jefes quedaron al desnudo. El subsidio soviético y las excusas de la Guerra Fría (1946-1991) mantuvieron el período de emergencia cubano alimentando el parasitismo de la nueva clase revolucionaria en el poder y desalentando la rebeldía de los oprimidos.

Esta vez: pude abrir los ojos. Cuba y su Revolución es una completa estafa. Un crimen humanitario diluviano que ha durado demasiado trayendo la desgracia de millones de cubanos y latinoamericanos en general. Hoy, Venezuela, una réplica de Cuba: así lo confirma. Cuando las ideas traicionan a la realidad debemos rebelarnos contra las ideas.

Director del Centro de Estudios Históricos de la Universidad del Zulia