Un Drácula indeseable

Opinión | mayo 19, 2020 | 6:24 am.

El patán que se las echa de quiróptero chupasangre en Carabobo es mucho de lo primero y demasiado de lo segundo. Si lo sabremos quienes tenemos que sufrir sus payasadas poco risibles, sus cobas muy seguidas y sus poco meditadas decisiones. Todo en él está signado por su afán de ser el protagonista de punta a punta. Pero como no tiene ni la estatura, ni la cara agraciada, ni la sonrisa cautivadora, ni la musculatura atlética que caracteriza a los protagonistas de las películas, decidió ser el malo de ellas y se autodesignó como un Drácula tropical.


La escogencia del nombre no puede ser más disparatada, sea que se haya inspirado en el príncipe rumano de la realidad o en el personaje de la fantasía; primero novela y después películas. El de la vida real es famoso por saquear aldeas y empalar a los capturados en ellas. Se cuenta que se sentaba a comer frente a los empalados que encuentran la muerte de manera vil. El de la ficción tampoco es un angelito: se alimenta con la sangre que chupa de las personas que mata con ese propósito. Aunque hay que reconocer que el Drácula de a locha que en mala hora nos tocó, sí tiene rasgos que se asemejan a los dos verdaderamente famosos.

Por un lado, el príncipe rumano no tuvo empacho en aliarse con los otomanos (extranjeros, enemigos de los rumanos) para poder mantenerse en el poder en Transilvania; y al de aquí no le importa mucho el destino de quienes supuestamente tiene a su cargo, sino que anda convoyado con el usurpador (también extranjero) y montando en helicóptero con él para poder seguir medrando del erario. Por el otro, al igual que el infame conde de la novela de Stoker, no se le ve de día porque se la pasa durmiendo, y es más lo que sale de noche. ¿A qué? Vaya usted a saberlo…

Su desmedido afán de popularidad lo ha llevado a tomar algunas decisiones que buscan acercarlo a las masas. Pero en la mayoría de ellas le ha salido el tiro por la culata. Analizo algunas de ellas, no necesariamente en orden cronológico.

Empecemos con el caso de los autobuses. Un día amaneció con la puntada de que, pobrecitos los carabobeños, tienen que montar en camiones porque el transporte público ha ido desapareciendo por la falta de repuestos. Y —sin saber hasta el día de hoy de dónde sacó los dólares, ni cuán legal fue el proceso— se fue a los Estados Unidos, compró un lote de autobuses escolares que ya habían desincorporados por viejos, los metió por Puerto Cabello y los puso a llevar pasajeros, sin importar que solo tenían una puerta para entrar y salir. En fin, que eran autobuses escolares. Duraron prestando servicios lo que dura un dulce en la puerta de una escuela; al ratico ya estaban parados por falta de mantenimiento y empezó la canibalización para seguir dándole con los pocos que iban remendando. Hoy no hay uno solo funcionando. Y todavía estamos esperando que nos rindan cuentas de las divisas que gastó. De lo que sí estamos seguros es de que ni un solo dólar salió de las cuentas que, según el diario El País de España, basado en documentos de la Banca Privada de Andorra se le atribuyen al murciélago en bancos de Suiza y ese principado…

Otro día pensó que podía conseguir muchos votos entre quienes tenían que hacer cola para que les rellenasen las bombonas de gas y, ¡zuas!, inventó “Gas Drácula”. Ni corto ni perezoso apareció con una flota de camiones especializados. ¿De dónde los sacó? Tampoco se sabe, pero se dice que pudieron tener el mismo origen de los dracubuses. La verdad-verdaíta es que las colas de los que necesitan gas ahora son peores. Con un agravante; o dos, más bien. Lo primero es que el precio ha sido subido tres veces en un año, la última, de una manera bestial, desconsiderada. Que hay que pagar por adelantado. Y después, no cumple. En razón de eso, en el edificio en el que vivo no hay gas desde hace tres semanas a pesar de que se hizo la solicitud hace mes y medio y se canceló su importe el mismo día (si no pagas, no te anotan). Puro buchipluma el tipo…

Con el agua está sucediendo algo parecido. Los cobros que aparecieron este mes desafían cualquier enfoque lógico. En edificios promedio del norte de la gran Valencia, las facturas supera los 100 millones de bolívares. O sea, casi un millón por persona/mes. Eso, en un país donde la “generosidad” y “perspicacia” del régimen aumentaron el sueldo mínimo a 400 mil. Si estuviéramos en situación normal ya sería grosero, inaceptable; pero estamos en una anormalidad que sobrecoge: además del encierro impuesto desde arriba por el bicho chino —que todavía no ha causado los estragos esperables porque Venezuela está aislada de hecho—, se agrega la inmovilidad causada por la ineptitud del régimen para proveer combustibles. Total, que cuando estamos en aislamiento social y no son muchos los hogares que tienen ingresos estables, es cuando deciden apretar más la clavija. Es un claro caso de ventajismo político: sin miramientos y por sabernos desvalidos, procuran obtener ganancias descaradas. Mientras que países más serios —donde los gobiernos de preocupan de veras por los ciudadanos— se han tomado medidas para aliviar las cargas de fiscales, reducido impuestos y tasas, dado facilidades para que la economía pueda seguir funcionando; en el nuestro, arrecian las imposiciones y tarifas.

Se me acaba el espacio y no he tocado lo del negocito con validos suyos por la dracucerveza ni la dracuharina. Que fueron flores de un día. O, en un símil mejor: como la cerveza que patrocina: nada de substancia, pura espuma. Tampoco queda espacio para comentar que el que se vendía como el duro del Grupo de Boston, el que sí iba a lograr mejoras en las relaciones con los Estados Unidos. A la postre apareció en la lista de sancionados por la oficina del Departamento del Tesoro que se encarga de esas cosas…

No es Lacava. Es la coba. Para definirlo con una sola palabra: Kitsch

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