¿Y después de Guaidó, qué?

Opinión | diciembre 11, 2019 | 6:22 am.

Es una pregunta inmediata imposible de eludir. No se puede solicitar la renuncia del Presidente Encargado Juan Guaidó, como ya lo hice en mi última nota sin decir que tendría qué venir después. Esta solicitud de renuncia no debería extrañar a quienes al igual que el resto de los venezolanos hemos presenciado el desmoronamiento de su presidencia tras los escándalos de corrupción protagonizados por su entorno de colaboradores inmediatos y ahora, lamentablemente también, por sus familiares directos según las denuncias hechas a su padre y hermano.

Venezuela resulta ser el único país del mundo donde ante las denuncias de corrupción los funcionarios no dan explicaciones de ningún tipo y en lugar de otorgar todo el espacio para que se investiguen los hechos, al contrario se escudan tras su condición, atornillándose aún más en sus cargos. En cualquier otro país funcionarios en situaciones semejantes renuncian sin que se lo soliciten. Por eso me ha llamado mucho la atención la reacción de algunos destacados personajes en las redes sociales insultando de manera virulenta la solicitud de renuncia, indicando que sin Guaidó se cae la República, palabras más, palabras menos. Y yo me pregunto, si a estas alturas para salir del gravísimo problema por el que pasa Venezuela dependemos de una persona, estamos sumamente mal.

Guaidó llegó allí en unas circunstancias políticas perfectamente conocidas, que debieron haberse iniciado el 16 de julio de 2017 con el voto mayoritario de los venezolanos en la consulta popular de esa fecha. Lamentablemente nuestro liderazgo político desatendió ese mandato, retrasando 2 años que se impusiera un Presidente legitimo por una circunstancia que se dio al haber el régimen adelantado las elecciones que correspondían para finales de 2018. Y mi pregunta es, ¿y si Maduro no las hubiera adelantado, existiría Juan Guaidó? Por el contrario tendríamos a Maduro “legítimamente” instalado en Miraflores con los votos de la ruleta arreglada de Tiby en el CNE. Esa es otra razón para decir, como ya dije antes, que el problema no es, ni sigue siendo Juan Guaidó.

El Presidente Encargado debería separase del cargo para abrir el juego a otras fuerzas. Si los diputados insisten en ese Estatuto de la Transición inconstitucional, el régimen seguirá avanzando. Fundamentalmente la renuncia de Juan Guaidó como Presidente Encargado pondría el juego como estaba antes del 23 de enero de 2019, pero con una diferencia. Le daría la oportunidad a la Asamblea Nacional de escoger con mucho cuidado a quien debe liderar lo que he llamado un Comando de Crisis, y colocar a la cabeza, en el puesto de “Presidente Encargado según el artículo 233”, al sucesor de Guaidó, acompañado de los venezolanos más lúcidos y representativos de la sociedad civil, de una ética y moral indiscutibles. Un “dream team”, en las áreas escogidas más importantes.

El sucesor de Guaidó no tendría que ser obligatoriamente un diputado de la Asamblea Nacional, pero sí debe, claro está, ser acordado por ella de una manera legitima, como se procedió en 1993 con Ramón J Velásquez, como lo explique en una nota anterior. Este equipo debería ser escogido y juramentado, para luego inmediatamente salir del país y comenzar una lucha con renovada fuerza para expulsar al régimen, por cualquiera sea la vía escogida entre ellos y la Comunidad Internacional. No estoy planteando un Gobierno en el Exilio porque este grupo no tendría funciones de Gobierno tal y como las conocemos, que serían restringidas a las necesarias para la recuperación a Venezuela. Sus funciones se limitarían única y exclusivamente a lograr como objetivo principal expulsar al régimen, pero con la legitimidad que les daríamos todos los venezolanos.

Ante la posibilidad cierta de que el régimen recupere la Directiva de la Asamblea Nacional a punta de maletas verdes, único poder legitimo reconocido internacionalmente, la salida no puede ser “repetir” a Juan Guaidó, sino trancar el juego con una jugada inesperada, recuperando la credibilidad de los venezolanos. Pero no lo harán. La corrupción les ha atado las manos. La propuesta anterior no es más que lo que mi atormentada imaginación querría que sucediese, si a los políticos de esa Asamblea Nacional les doliera de verdad la situación de millones de venezolanos y estuvieran pensando en el país y no en sus propios bolsillos o intereses políticos, hablando crudamente.

De hecho nada les hubiera impedido hacer exactamente lo mismo después del 23 de enero de 2019. Pero se dedicaron a otra cosa. Y ahora pretenden realizar la secuela de la misma película con el mismo protagonista, aunque los norteamericanos les hayan advertido que apoyaran instituciones y no personas.

En otras palabras, después del fracaso y la credibilidad por el piso de Juan Guaidó como efectivamente lo revela la reciente encuesta de Meganálisis, donde a la pregunta “Después de transcurridos 10 meses ¿usted aun cree, confía y apoya a Juan Guaidó?”, el 68,5% contestó que No (ya no creo, confío y apoyo a Guaidó) y el 12,9% manifestó que nunca creyó confió ni apoyó a Guaidó. Si con un saldo de 68,5% + 12,9% = 81,4% de venezolanos que para diciembre 2019, manifiestan no confiar en el Presidente Encargado, ¿en qué cabeza opositora cabe insistir en lo mismo el próximo año? Pues en aquellos que pretenden seguir en la cohabitación y el negociado con el dinero de la República.

Todo esto sin contar que si no se dio el “cese de la usurpación” en un año donde bien podría afirmarse que las condiciones eran las óptimas como el 2019, ¿por qué tendríamos los venezolanos que pensar que el próximo año sería mejor, en las peores condiciones de la credibilidad del liderazgo político? Más aún si a lo anterior añadimos como remate la pregunta de Meganálisis: “Usted confía y apoya a la Asamblea Nacional (AN) de mayoría opositora, y que fue electa en diciembre de 2015?”, donde el 85,3% respondió que No.

Esto nos pone en un escenario muy difícil para los venezolanos donde existe una altísima probabilidad de que los partidos de la oposición oficial participen en procesos electorales con el régimen de Nicolás Maduro Moros, en una clara huída hacia delante, sin haberse concretado el “cese de la usurpación”, con un CNE acordado en conjunto, y sin un cambio sustantivo en las condiciones electorales. Los venezolanos nos encontraremos entonces en la situación de repudiar a la oposición oficial cohabitante, rompiendo abiertamente con ella, lo que abriría la oportunidad para que surjan otros actores políticos que verdaderamente representen el sentir de los venezolanos y se opongan de manera pública y contundente a todos esos manejos de cohabitación, dando un paso definitivo de ruptura con el “status quo” opositor oficial.

Pero la pregunta más importante que deberemos hacernos entonces será: ¿participaremos en una nueva farsa electoral a sabiendas que va dentro de un acuerdo entre lo más corrupto que se ha apoderado de Venezuela? Y por otro lado, ¿harían todos los venezolanos causa común para que esa ruptura -que tendrá necesariamente que venir con Juan Guaidó y su asociados de la corrupción- por parte de factores honorables de la sociedad -que rechazan seguir haciéndole el juego a la oposición oficial para seguir cohabitando- se materialice un respaldo político capaz de cambiar el curso de los acontecimientos? ¿No sería este el momento de exigir una Consulta Popular Plebiscitaria para que sea el pueblo venezolano el que decida?

Las respuestas a esas preguntas solo las tendremos los venezolanos a última hora -como es nuestra manera cultural de resolver las cosas- cuando teniendo el agua al cuello nos tengamos que ver en la imperiosa necesidad de decidir con sinceridad y a los ojos de todo el mundo, si queremos ser esclavos de un régimen socialista totalitario o ser ciudadanos de una sociedad libre. Eso solo dependerá de nosotros…

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