“Ese sonido, del misil, nunca se olvidará. Mientras caían uno tras otro, abrazaba a mis hijos para intentar calmarlos. Pensaba que un misil nos mataría o que el edificio se nos vendría encima”, dice a TalCual Elizabeth Herrera.

Herrera es habitante de la urbanización Rómulo Gallegos, en La Soublette, Catia La Mar, La Guaira. En medio de los ataques de Estados Unidos del 3 de enero, un explosivo cayó en el Bloque 12, un edificio que queda al lado del suyo y que autoridades del Estado han prometido reconstruir.

La mujer de 45 años estaba acostada cuando comenzaron las explosiones. Cuenta que su hijo, quien está en el espectro autista, vio todo lo que ocurrió. El joven estaba en su habitación mirando videos, sentado hacia la ventana que da a la meseta de Mamo, lugar donde queda la academia militar que fue atacada también.

En automóvil, para llegar desde la urbanización hasta la meseta de Mamo, donde queda la Academia Militar de la Armada, se debe hacer un recorrido por autopista de 4,4 kilómetros. No obstante, lo que separa el recinto militar del urbanismo es un pequeño cerro.

Esa madrugada Herrera se despertó con el ruido y el estruendo. Al mirar por la ventana de su dormitorio, lo primero que vio fueron llamas en Mamo. Por un instante, creyó que se trataba de un avión que se había caído.

“Mi hijo entra al cuarto gritando que nos están atacando y vemos cómo lanzan el segundo misil y cómo explotó en el cerro. Todo se movía. Mi esposo y mi otro hijo también estaban confundidos”, relata Elizabeth Herrera el 6 de enero, al término de una asamblea ciudadana en la que participaron autoridades del estado para conversar sobre la situación.

Herrera menciona que en medio de las explosiones la familia salió corriendo de la habitación a la sala de la casa, pero al llegar, el ventanal estalló por las ondas expansivas del tercer explosivo que logró escuchar.

En ese momento se quedaron sin luz, añade. Elizabeth, junto a su esposo y sus dos hijos, se escondieron en el último cuarto; está en el medio del apartamento. Se agacharon con las manos en la cabeza para esperar que todo se calmara, pero no fue así: venía el cuarto misil.

“Mi chamo autista nos dice ‘otra vez ese ruido’. Lo abracé y le tapé los oídos. Mi hijo temblaba. Todo se movía, las paredes y el piso. Caían sobre nosotros pedazos del techo. A uno de mis chamos le apreté la cabeza en mi pecho a la vez que le cubría el oído y me aferré con el otro brazo a mi hijo para mantenerlos los más agachado posible. Nos mantuvimos inmóviles hasta que mi esposo nos pide vestirnos por si teníamos que correr”, menciona.

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