Los venezolanos saben mejor que nadie cómo se ha ido transformando su alimentación en los últimos años. La crisis económica de entre 2013 y 2020 llevó a la población a sustituir alimentos más ricos en vitaminas por otros de menor costo y calidad; la dieta pasó de ser más balanceada a una conformada por más carbohidratos.

Pese a que la economía experimenta un repunte desde 2021, los salarios siguen siendo bajos, por ejemplo, el ingreso mínimo de ley se mantiene en unos 130 dólares al mes, muy por debajo de la canasta alimentaria. 

Si bien en los últimos años organizaciones como la Federación Venezolana de Maestros (FVM) reportan una canasta mensual de unos 500 dólares, conformada por 60 productos; un nuevo estudio creado por Anova Policy Research muestra cómo se ha reconfigurado este indicador.

“En un lapso de 28 años, la canasta alimentaria ha evolucionado desde una composición rica y diversa, que incluía una amplia variedad de macronutrientes y aportes vitamínicos, minerales y fibras, hacia una canasta que sugiere un consumo más simplificado, que prioriza alimentos más básicos, de mayor disponibilidad y menor costo”, reza una parte del estudio publicado en mayo de este año.  

Anova señala que el valor monetario de la canasta básica de alimentos es el indicador más idóneo para conocer la llamada línea de la pobreza, que es el umbral monetario que divide un hogar pobre de uno no pobre, el cual constituye uno de los pilares fundamentales para el monitoreo y evaluación de las condiciones de vida de un país.

En Venezuela este indicador está a cargo del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) con lineamientos del Instituto Nacional de Nutrición (INN). En su versión original la llamada Canasta Alimentaria Normativa (CAN) estaba diseñada para cubrir los requerimientos nutricionales mínimos de una familia venezolana típica. 

El diseño de la CAN supone la ingesta diaria de 2.300 kilocalorías al día para una familia de 5,2 personas. El objetivo de la CAN es cubrir el 100% de las necesidades energéticas diarias de una persona, considerando además un balance óptimo entre los grandes grupos de macronutrientes: carbohidratos, proteínas y grasas. 

“A pesar de su importancia como insumo para la formulación, diseño, focalización y evaluación de políticas sociales, el Estado venezolano no ha actualizado la estructura interna de la CAN desde 1997 e interrumpió la publicación oficial desde 2014. Estas limitaciones han sido compensadas, parcialmente, por versiones alternas no oficiales producidas desde el sector de organizaciones no gubernamentales”, indica el reporte de Anova. 

A juicio de la firma económica la desactualización de la composición de la canasta alimentaria normativa representa un serio problema de medición y seguimiento de las condiciones socioeconómicas del país. Asimismo, apuntan que aún en condiciones normales para un país, se espera que en los últimos 28 años hayan ocurrido cambios sustanciales en los patrones y preferencias de consumo de la población. 

La crisis económica de 2013 a 2020 generó  estrategias de mitigación y adaptación de la población las cuales incluyeron la reducción en el número y el tamaño de las porciones de alimentos, o la sustitución de grupos de alimentos esenciales, como carnes, lácteos, frutas y verduras, por fuentes de calorías más baratas. “Estas estrategias cambiaron de hecho la composición de la canasta típica que consumen los venezolanos”. 

Los hallazgos de dicha investigación indican que el consumo del venezolano promedio está hoy en día basado en una canasta de bajo costo, menos diversificada y con acceso limitado a proteínas animales, con fuerte evidencia de que dichas limitaciones son más marcadas entre los segmentos de la población con menor ingreso.

El estudio llamado, Canasta Efectiva Alimentaria (CAE 2023), se basó en los alimentos que concentran el 80% de las compras en volumen en supermercados independientes, concentradas en 24 categorías, los alimentos más adquiridos por los hogares venezolanos y los valores referenciales de energía calórica y nutrientes y el consumo normativo de gramos por día necesarios para alcanzar una ingesta energética de 2300 kcal/día. 

La CAE 2023, que tiene un valor de $207,87 mensuales por familia, está compuesta por 28 alimentos, una reducción de 44% con respecto a la canasta oficial del INE (CAN), cuya elaboración fue realizada en 1997. Y además es 15,6% más barata que la CAN. 

Según el indicador  los carbohidratos tienen gran peso en la dieta de los hogares venezolanos, por ejemplo, 95% de los hogares declara consumir arroz, seguido por harina de maíz 94% y pasta 83%. 

Asimismo, 93% de los hogares consultados también respondió que adquiere azúcar, 84% cebolla, 78% tomates, 61% papa, 56% caraotas negras, 52% cambur , 46% plátano maduro, 35% yuca, 35% zanahoria, 33% mangos, 30% lentejas, 24% lechosa y 22% avena. 

En cuanto a las grasas, 86% de las familias dijo que compra aceite, 69% margarina y 24% mayonesa. Por el lado de las proteínas, 82% de los hogares indicó que consume queso blanco, 79% huevos, 72% pollo, 62% compra carne molida de res, 38% adquiere mortadela, 31% leche en polvo y 31% pescado fresco. Sin aportes macronutrientes 91% señala que compra sal y 87% café molido. 

“Las proteínas muestran un consumo mucho más desigual, ya que se estima que un 72% de las familias venezolanas consume pollo, mientras que solo un 62% consume carne y solo 31% pescado fresco. El consumo desigual de proteínas de origen animal está relacionado directamente al costo de estos alimentos y a las desigualdades en el poder de compra de los ingresos familiares de los distintos segmentos de la población”, explica el estudio. 

Anova también formuló dos nuevas canastas teóricas, una de subsistencia humanitaria, compuesta solo por seis alimentos, equivalente a $119,80 al mes y otra hipotética llamada la línea de la arepa que costaría $73,86. 

Anova sostiene que este estudio propone una canasta básica alimentaria para Venezuela mucho mejor adaptada a los patrones de consumo actuales tras más de una década de crisis económica y social. “La CAE 2023 está basada en la evidencia de que, frente a la crisis, los venezolanos han reducido la variedad en su alimentación, migrado hacia carbohidratos de bajo costo, y limitado el consumo de proteínas animales como estrategia racional de mitigación, adaptación y suavización del consumo”.