Joaquín “El Chapo” Guzmán ha pasado los últimos nueve años bajo reclusión continua, primero en penales federales de México y, desde 2017, en una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos. Desde su captura el 8 de enero de 2016, informes periciales, declaraciones judiciales y documentos médicos han registrado un deterioro progresivo en su salud física y mental.
Según reveló Illicit Investigations en octubre de 2024, familiares reportaron que sufre hipertensión, ansiedad severa, trastornos del sueño, estrés, depresión, calambres musculares, dolores de cabeza y otros padecimientos físicos derivados del aislamiento extremo.
Para la presión arterial toma una pastilla diaria de Lisinopril de 20 mg, y también está medicado por los episodios de ansiedad que, de acuerdo con su familia, son provocados por el confinamiento extremo y la falta absoluta de contacto con otros internos, reportó Infobae.
Las condiciones de reclusión en ADX Florence —considerada la prisión más segura de Estados Unidos— han sido descritas como “inhumanas” por su defensa.
«Cada celda, de menos de cuatro metros cuadrados, está equipada con cámaras de vigilancia continua, muebles de concreto y aislamiento acústico. Los reclusos solo pueden salir una hora al día a una jaula de metal, sin interacción alguna con otros presos. Toda comunicación, incluso con abogados o familiares, está sujeta a restricciones impuestas por el régimen de Medidas Administrativas Especiales (SAMs)».
“Todo se volvió un infierno”
El expediente médico, firmado por el perito Julio César Ayuzo González y basado en el Protocolo de Estambul, fue elaborado el 2 de septiembre de 2016, tras una evaluación clínica llevada a cabo en el Centro Federal de Reinserción Social No. 9 de Ciudad Juárez.
En ese momento, Guzmán Loera tenía 59 años, llevaba ocho meses bajo reclusión y ya acumulaba síntomas que configuraban un cuadro clínico alarmante.
La entrevista clínica reveló detalles que contrastaban con la imagen de un líder del narcotráfico como lo era del Cártel de Sinaloa. según el documento, Guzmán Loera Mantenía escaso contacto visual con el perito, tenía dificultades para mantenerse en una misma postura durante la entrevista, hablaba con voz baja y en un ritmo lento, y presentaba un afecto emocional aplanado, incongruente con su discurso. “Estoy mal”, afirmó al perito, con palabras que el informe describe como coherentes, aunque visiblemente afectadas por la tensión mental sostenida.
El relato que Guzmán entregó a lo largo de esa evaluación sirve como testimonio de una experiencia carcelaria que lo acompañará hasta el final de sus días, por la cadena perpetua que hoy cumple en Estados Unidos.
“Desde mi detención en Almoloya todo se volvió un infierno”, dijo. “Cada cuatro horas me despertaban para ponerme frente a la cámara. No me dejan dormir. En la celda siempre está la luz prendida. Para ir al baño siempre hay un custodio atrás de mí. No me han golpeado, pero prefiero eso a que no me dejen dormir”.

