Este miércoles, China anunció aranceles de represalia del 84% a las importaciones de productos estadounidenses, lo que aviva aún más la guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo.
Más temprano ese mismo día, China prometió tomar “medidas resueltas y efectivas” para salvaguardar sus derechos e intereses después de que los aranceles del 104 % del presidente Donald Trump a las importaciones chinas entraran en vigor este miércoles.
La escalada de Trump contra China –que está a punto de enfrentar aranceles de al menos el 104 % sobre los bienes que ingresan a Estados Unidos– es el punto de inflexión más serio hasta el momento en su ataque arancelario global y tiene el mayor potencial de infligir un duro golpe a los ciudadanos estadounidenses en forma de aumento de precios.
La confrontación se produce tras años de intentos de Estados Unidos por abordar los supuestos abusos comerciales de China. Es también la culminación de una década o más de deterioro de las relaciones, provocado por un giro agresivo y nacionalista de un competidor del Pacífico convertido en una superpotencia hostil que ahora parece ansiosa por desafiar el poderío estadounidense.
Y es un hito oscuro en una relación diplomática que ayudará a definir el siglo XXI y un fracaso para un largo proyecto estadounidense para evitar que las tensiones estallen en una guerra comercial total –o potencialmente mucho peor– entre dos gigantes.
Estados Unidos lleva más de 50 años intentando gestionar el ascenso de China, desde la visita pionera del presidente Richard Nixon al presidente Mao Zedong para “abrir” una nación aislada y empobrecida y abrir una brecha entre sus líderes y sus hermanos comunistas de la Unión Soviética. Ha transcurrido casi un cuarto de siglo desde otro hito: cuando Estados Unidos incorporó a China a la Organización Mundial del Comercio con la esperanza de promover un cambio democrático y aferrarla a un sistema económico basado en normas y orientado a Occidente.
El fracaso definitivo de esos esfuerzos bienintencionados se está evidenciando en el segundo mandato de Trump. El presidente llegó al poder gracias a una ola populista que, en parte, fue una reacción a la globalización que exportó empleos industriales estadounidenses a China y dejó una estela de desolación.

