Enamorados

Opinión | febrero 14, 2020 | 6:26 am.

El 14 de febrero es la fecha más generalizada en todo el mundo de celebración del Día de los Enamorados, o de San Valentín.


Muchos piensan que la institución es de origen reciente, impuesta por intereses comerciales; no deja de ser verdad lo de los intereses, pero lo cierto es que tiene raíces muy antiguas.

La festividad parte de un personaje histórico, Valentín de Termi, un obispo católico residente en Roma en el s. III. El emperador Claudio II decidió prohibir los matrimonios de jóvenes porque, en su opinión, la familia imponía ataduras que restaba eficiencia a los soldados. Valentín consideró injusto el decreto, y lo desafió casando a escondidas a los enamorados. Le costó caro al infortunado sacerdote; su desobediencia lo llevó a la tortura y la muerte.

Entre los cristianos, Valentín se reconoce como patrono de los enamorados y origen de la celebración de su día. Sin embargo, no corrió con la gracia de que se adoptara su imagen para identificar la institución; la preferencia de la gente se inclinó por un personaje más gracioso y de final menos tétrico; uno de los semidioses mitológicos paganos de los romanos, Cupido, que en la teogonía griega precedente se llamó Eros.

A Cupido se le representa como un niño alado, armado con arco y flechas que dispara a dioses y humanos, provocando su enamoramiento. En ocasiones figura con los ojos vendados para dar a entender que «el amor es ciego». Su propia historia de amor aparece narrada en su forma más completa en la novela latina «El asno de oro» o «Las Metamorfosis» de Apuleyo (s. II d.C.)

En la versión latina del mito griego, a la madre de Cupido, Venus (la Afrodita griega), le preocupaba que su hijo no creciera; consultó a los oráculos y estos le dijeron que no ocurría porque carecía de pasión; hacía que los demás se enamoraran mediante sus flechazos sin enamorarse de nadie; era frío, le gustaba jugar en el amor ajeno; a veces también era cruel y maligno. Y así fue hasta conocer a la bella Alma o Anima (Psyche o Psique de los griegos), de quien se prendó; la fogosa pasión lo hizo crecer súbitamente; vuelto hombre se le declaro a su amada y fue correspondido; después de muchas vicisitudes y angustias lograron unirse y de ellos nació una hija llamada Voluptas, cuyo significado es voluptuosidad, placer.

El infante Cupido portaba un carcaj con dos clases de flechas, unas de oro con plumas de paloma que encendían un amor instantáneo, y otras de plomo con plumas de búho destinadas a provocar indiferencia. Siendo un niño travieso, a veces sólo por diversión, flechaba con una de las primeras a un hombre y con otra de las de plomo a la mujer de la que el galán se había prendado, o viceversa. ¡Todavía hoy el carajito sigue haciendo esa maldad!

En cualquier caso, la función de Cupido o Eros era hacer que la gente se enamora a partir de sus dardos; aquel que, para bien o para mal, era herido espiritualmente por ellos de inmediato quedaba prendado de alguien. De ese acontecer proviene la sentencia «El flechazo dura un chispazo», cuyo sentido es que el enamoramiento ocurre de improviso, en un instante.

Este aspecto del amor ha sido objeto de estudio por los psicólogos sociales dedicados a la Sexología. Una investigación llevada a cabo en Norteamérica, en la década de los 80, demostró su veracidad, y otra realizada más de una década después en Alemania confirmó los resultados.

Los científicos observaron cientos de parejas en la situación social que en el castellano venezolano llamamos «levante», vale decir, el momento en el que al cruzarse las vidas de una mujer y un hombre, se despierta en esas personas el «interés de intención erótica por el otro». Comprobaron que el tiempo de erotización súbita en la mujer, o sea, el flechazo, dura el breve tiempo de 120 segundos (2 minutos) a partir del primer contacto visual con el hombre que la ha impresionado favorablemente; o dicho en otras palabras: que ha pulsado su líbido. En el discurrir de ese tiempo, identificaron un instante crítico de sólo 6 a 7 segundos, en el cual la mujer se vuelve máximamente vulnerable en el sentido de reducir las barreras psicológicas que obstaculizan aceptar la aproximación a su espacio personal de un sujeto desconocido. Un comportamiento implícito, o interior, netamente psíquico, que ocurre al margen del pensamiento consciente.

Es muy raro que la mujer, aun sintiéndose estimulada, tome la iniciativa de iniciar la interacción; en nuestra especie, y en casi todas las demás, le corresponde al macho hacerlo. De intentarlo el varón en el instante crítico es muy probable que tenga éxito, en el sentido de ser aceptado por la mujer en su espacio social personal inmediato; ella responderá con una sonrisa o cualquier otro gesto amistoso. Se inicia entonces una segunda fase del ritual de cortejo humano, la de evaluación recíproca, con la que nada tiene que ver Cupido.

Ya lo saben: el amor es un juego en el que cada movimiento exige la reacción precisa en el momento justo.